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Capítulo II
Eran las siete y media de la mañana y Mauro ya estaba dándose su ducha de costumbre, enjabonándose el cuerpo, sin dejar de pensar en la chica de la película, se dio cuenta que estaba entrando en erección, y no quería ensimismarse con la imagen de la chica, era tarde y debía irse para el centro comercial, pues desconocía donde estaba.
Tras un desayuno ligero en el hotel y hojear con el café alguna prensa nacional, recogió del parking del hotel el coche que previamente le habían alquilado desde su empresa y partió hacia su trabajo.
No tardó mucho en dar con él, y tras presentarse en la oficina de acceso de personal, le condujeron hasta las oficinas donde se encontraban los ordenadores que debía programar. Fue un guardia de seguridad de aspecto bonachón quién al dejarle en tales dependencias, le comentó: "La señorita García es quien se está ocupando de todo este tinglado, no debe de tardar mucho en llegar, ya la conocerá", y dicho esto esbozó una sonrisa que Mauro no supo entender.
Fue diez minutos después, cuando estaba trabajando en un teclado cuando una voz a su espalda le preguntó: ¿Es usted don Mauro?
Mauro, al girarse para atender tal pregunta palideció al ver de quién partía tal indagación. Ante sí estaba ella, la chica de la película. Mauro la miró, y solo atinó a decir, ¿Marisa?.
La chica, un tanto desconcertada, enrojeció. La razón era bien simple, pues sabía que la había reconocido en la pantalla, pues el nombre de Marisa solo lo había usado en la película, pues su nombre verdadero era Ana.
¿Perdón?, dijo ella. Soy la señorita García, Ana García, y me ocupo de todo el proceso informático del centro.
Mauro estaba perplejo, no podía estar equivocado, o es que tal vez estaba alucinando con la chica de la película. Pero era ella, estaba seguro.
Ana que así decía llamarse llevaba una falda corta por encima de las rodillas, y una blusa de seda blanca que dejaba notar sus pechos redondos y duros, y que hacían notar la figura de sus pezones erectos.
Ana pronto se dio cuenta del detalle de sus pezones que Mauro había advertido, aludiendo: "Está puesto demasiado fuerte el aire acondicionado, ¿no crees?", como excusa a tal erección, pero ella sabía en su interior, que había sido fruto del encuentro con un muy apuesto joven, pues Mauro no estaba nada mal.
A partir de entonces estuvieron conversando sobre los equipos informáticos hasta las once, cuando acordaron hacer un alto para tomarse unos refrescos que sacaron de la máquina expendedora del pasillo.
En todo el tiempo, no apareció nadie por las dependencias, y fue a las tres de la tarde, cuando al acabar, Mauro le invitó a comer; Sabes, no me gustaría comer solo, ¿quisieras venir conmigo? , claro está si no has quedado con nadie.
No tengo ningún problema, mientras no se trate de acoso, bromeo ella.
Ya en.................
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Capítulo I
Hacía mucho tiempo que Mauro quería cambiar de trabajo.
A pesar de la cantidad de beneficios que obtenía de su empresa además del magnífico sueldo que recibía deseaba estar más tiempo en casa, con su mujer Sara, cerca de su familia y de sus amigos.
Solamente llevaba casado 3 años y en los últimos 18 meses había estado más tiempo viajando que con ella, lo que hacía que se preocupara por el posible malestar que podía crear su empleo en su matrimonio.
Como programador para grandes superficies de hipermercados de programas de venta y contables era el mejor de su empresa y esta, estaba consolidada como de las más prestigiosas de España.
Una y otra vez se repetía a sí mismo que como programador desde su casa y con los avances de internet, podía realizar su trabajo desde su ordenador, incluso con mejoras en cuanto a la remuneración.
Este último desplazamiento lo realizaba a las islas Mallorca, se iba a abrir un nuevo hipermercado de una cadena inglesa, y disponía de seis días para realizar su trabajo.
Ya alojado en el hotel, que como de costumbre era de clase superior, comenzó a sacar y distribuir su ropa, la mayoría trajes de chaqueta, por el amplio ropero de cuatro puertas. Cansado del agotador viaje, se tumbó en la cama, era temprano, solo las siete, y hasta las nueve no saldría a cenar.
Fue al tumbarse en la cama cuando se dio cuenta del gran espejo que quedaba sobre él, y al mirar al ropero que había cerrado poco antes, que éste también tenía sus puertas forradas con grandes espejos, percatándose pronto de la finalidad de estos; buenas juergas que se correrán aquí las parejitas de recién casados, pensó.
Con el mando en la mano, empezó a hacer zapping en la gran pantalla de 25 pulgadas con que contaba la habitación; canal tras canal , sin nada que ver que le llamara la atención llegó hasta los canales que todo hotel que se precie pone a disposición del cliente, los canales del vía satélite. Deportes, musicales, películas, ... hasta que se detuvo en un canal pornográfico que le llamó la atención. No es que tuviera deseos de sexo, pues la noche antes, Sara le había dado una gran y dulce despedida como era costumbre en casa, pero se acordó de algo que su amigo Ivan le había comentado, una dirección en internet para acceder a películas de sexo, pero que no podían ser puestas en televisión por ser más fuertes de lo normal.
Rápidamente conectó su portátil a la línea telefónica y al enorme televisor, tecleó la dirección y esperó unos segundos. En la pantalla apareció las primeras imágenes de una película que claramente se notaba que estaban hechas con la cámara de un aficionado.
Se acomodó en la cama y se dispuso a ver, en ella se veía como una pareja de jóvenes se besaba en una cama, con unas sábanas.................
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El tener dos palabras suyas me hicieron el ser más feliz de toda la tierra, me había regalado algo precioso, algo importante tanto para mí como para ella Era algo un tanto estúpido, pero estaba loco por ella. Estaba enamorado de una mirada, de unos suspiros, de una forma de caminar, de moverse. No conocía nada de ella, ni su nombre, ni su voz, ni sus ideas o pensamientos, pero mi corazón la pertenecía y lo único que quería era volverla a ver, volver a pasar otro extraordinario rato con ella, a solas.
Cuando la volví a ver, el lunes en el metro, intenté hablarla, pero ella me hizo callar con un gesto y noté en su mirada y en sus gestos que no quería que habláramos, por algún extraño motivo. Seguimos teniendo nuestro encuentros en el metro, con nuestros particulares "juegos" durante toda la semana. Yo esperaba encontrarla el fin de semana, para ello volví a ir al pub donde la encontré... o ella me encontró a mí. Allí estuve esperando toda la noche del viernes y la del sábado, pero ella no apareció. Me estaba volviendo el pesimismo, y empezaba a sentirme derrotado.
Cuando el lunes por la mañana no la encontré en el andén me temí lo peor. Y efectivamente así fue. No la encontré en toda la semana, y eso que la esperaba en el andén a todas horas por si acaso la veía pasar, por si se había retrasado, por si... Me estaba engañando. Esta vez no volvería, esta vez no.
Me había vuelto loco al enamorarme de alguien sin ni siquiera conocerla, era algo absolutamente estúpido que no podría terminar bien. El amor es algo mucho más complicado que una simple atracción física y sexual.
Pero había algo que no podía negar, en una pareja el deseo es fundamental. Esa corriente de hormonas que circula del uno al otro es uno de los motores más importantes de una relación. Y de ese deseo mi desconocida y yo teníamos mucho.
Pasé muy deprimido todo el fin de semana, y toda la semana siguiente, y la siguiente, notando la pérdida de algo especial en mi vida. Ella no aparecía por ninguna parte, no la encontraría nunca.
Ese fin de semana me decidí a olvidarme de mis penas, superar la pérdida y salir a la calle. Precisamente me habían invitado a una fiesta de inauguración de la casa de unos amigos. Iría mucha gente nueva, amigos de amigos, amigas de amigos, era una buena oportunidad para lanzarme. Así que me fui a la fiesta.
Estaba siendo una buena noche, había conocido a un montón de gente nueva, buena gente, me estaba divirtiendo, el ambiente era inmejorable. Entonces un conocido mío se me acercó.
- Caray, cuánto tiempo sin verte, ¿cómo te van las cosas?. Me preguntó. - Bien hombre bien, ahora mucho mejor, esta fiesta anima a cualquiera, es sensacional.
Estuvimos charlando un buen rato riéndonos de antiguas anécdotas y tomando el pelo a antiguos.................
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El metro, eso es lo que cojo todas las mañanas para ir a la facultad. La verdad es que no me entero de casi nada pues voy absolutamente sonámbulo, como un zombi. Luego soy incapaz de recordar ni siquiera una escena del trayecto.
Pero esa mañana era diferente. Me había levantado pronto a estudiar y a esa hora ya estaba bastante despejado. Por ello me dispuse a hacer algo que pocas veces había hecho, debido a mi somnolencia, mirar a la gente del metro. La verdad es que era bastante aburrido y me preguntaba cómo podía haber gente que le entretuviera eso de ir observando a los demás.
En la estación de Sol lo entendí. Subió ella... hermosa. No puedo decir guapa, bella, porque no estoy seguro de que lo fuese; ella era hermosa, atractiva, un imán para mis ojos. Un par de estaciones más allá entró un número tremendo de gente al vagón que ocupábamos, con lo que tuvimos que apretarnos bastante.
El destino quiso que ella se apretara contra mi pecho. Yo al principio aguanté la respiración, no esperaba un contacto así. Esperaba en cierto modo que ella se retirara, pero no lo hizo. Se quedó suavemente apoyada sobre mi pecho, su cadera en mi entrepierna y mi muslo en la suya.
Empecé a sudar, no por la aglomeración de gente, sino por el traqueteo del tren que nos mecía. Me estaba poniendo enfermo, no me podía contener, y algo empezó a crecer en mis pantalones. A punto estuve de echar a correr de vergüenza cuando ella me miró y sonrió. Debió notar ese "crecimiento" y yo pensé que la que echaría a correr sería ella, pero no lo hizo.
En el transbordo aproveché para tranquilizarme, me hallaba muy excitado y no podía pensar con mucha claridad. Así que con el paseo me intenté tranquilizar un poco. Cuando ya me sentí más tranquilo me dirigí hacia el andén. Pero, ¿el destino otra vez?, Al apretujarnos otra vez en el vagón sentí un perfume familiar y ¡allí estaba ella otra vez!. La misma postura, la misma sonrisa en su rostro y, ahora sí, unos leves movimientos de ella. Parecía como si, ¡ay madre!, se estuviera frotando contra mí, se estuviera masturbando con mis muslos.
Parece que el paseo del transbordo no fue suficiente y algo en mí se puso completamente erecto durante el resto del trayecto. En el cual estuvimos "muy apretujados" y con mucho "movimiento", debido al vagón, claro.
La verdad es que fue tremendo, estuve a punto de tener un tremendo orgasmo ahí mismo, por sus caricias a través de la ropa, y sus reacciones la delataban como que estaba en un estado, como mínimo, semejante.
Cuando llegué a mi parada nos bajamos los dos y entre la multitud la perdí. Mi desilusión fue enorme, si por lo menos me hubiera dicho dónde volver a encontrarla. Me pasé todo el día pensando en ella, en su sonrisa pícara, en sus suspiros ahogados,.................
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El agua me caía sobre la cara mientras con la mano derecha me masajeaba la polla y con la izquierda me introducía tres dedos por el agujero del culo...
mientras me duchaba estaba pensando en el chico que me atendió por la mañana en el supermercado.
Estaba en la caja, parecía nuevo (al menos yo no lo había visto antes) y era como un sueño: alto, delgado, como de 16 años, con un pelo rubio que le caía con gracia a ambos lados del rostro, con unos ojos verdes claros preciosos. Me fijé con disimulo en el momento de pasar por caja y vi que en el bonito pantalón blanco que vestía, entre dos prietos muslos, se abultaba un paquete que no era normal. Pero el chico no parecía estar en otra cosa que en cobrar y cobrar, sin una mirada que diera pie a nada. En fin, como eran bastantes los géneros que me llevaba, dejé dicho que me lo enviaran a casa, y así pude hablar un poco con el chico, mientras se lo encargaba. Pero me fui desilusionado, porque no parecía "entender"...
Ya por la tarde, estaba pajeándome, imaginándome dentro de la ducha con aquel chico, cuando, de repente, ¡riiiing!, el timbre. ¿Quién podría ser?
Salí de la ducha chorreando agua. Cogí la primera toalla que pillé a mano, que resultó ser una de las manos, de estas medianas, y me la enrollé como pude alrededor de la cintura. Tenía la polla como un mástil, pero esperaba que no se notara demasiado con la toalla. Cuando contesté por el telefonillo, me dijeron que era del supermercado. Vaya, hombre, qué inoportuno. Bueno, a recibir al chico de los recados y a seguir después pensando en aquel ángel vestido de dependendiente de súper...
Cuando abrí la puerta me quedé de piedra.... era él, el mismísimo chico que me atendió, cargado con los paquetes que dejé encargado. Entre los abultados paquetes, más abajo, se marcaba, en los pantalones blancos, aquel otro paquete que parecía casi más grande que los otros...
--Hola, le traigo los paquetes... es que el chico de los recados se ha puesto enfermo, así que...
Vi cómo se fijaba en el bulto que se me mantenía erguido bajo la toalla, y ésa mirada no pareció disgustada.
--Pasa, pasa --le dije.
Cuando llegó a la cocina, el chico me preguntó:
--¿Dónde se lo pongo?
Yo pensé en ese momento, fantaseando con el nabo que atesoraba en su entrepierna, "pónmelo dentro de la boca, cariño...". En lugar de eso, dije:
--Ponlo ahí en el suelo, ahora ya lo colocaré yo en su sitió.
El chico estaba de espaldas a mí y se agachó para colocar los paquetes en el suelo.
El pantalón le estaba ajustadísimo y, por un momento, el culo se le marcó de una forma increíble. La polla me saltaba bajo la toalla. Estaba terminando el chico de colocar los paquetes cuando sucedió lo inesperado. El pantalón, de tan tenso.................
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