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No se depilan jamás para que el triángulo
de la diosa marque su vientre como un templo.
de Las sacerdotisas de Astaré
Desde pequeña, el pubis de las mujeres me ha parecido más misterioso y sugestivo que el de los hombres. El sexo oculto en esa musgosa
intimidad parece querer pasar inadvertido ante la indiscreción de miradas
iguales o parecidas a las mías. De niña me fascinaba ver a mis
hermanas mayores a la hora del baño. Intuía que bajo aquellas leves
sombras incipientes, palpitaba una doble y aromática carnosidad como la
que yo aspiraba poseer al llegar a sus edades.
El pubis de los varones, en cambio, carece de gracia y permanece ajeno al
falo, adonde irremediablemente desembocan el ojo y la caricia, sin permitir
el paso de la mirada o de los dedos por otras rizadas geografías. Al
menos ha sido ese mi caso con la mayor parte de los novios y amantes que he
tenido, quienes sucesivamente y con orgullo han esgrimido sus penes ante mis
pupilas sedientas o en el vértice de mi entrepierna, como si todo el
placer y el deseo se concentraran únicamente en la posesión y
en la gratificación de ese dulcemente salado fragmento de sus cuerpos.
En la secundaria admiraba con pudor y de reojo los ralos triangulitos de mis
compañeras del equipo de nado sincronizado al cambiarnos de ropa en
los vestuarios. Más tarde, en la preparatoria y después en la
universidad, seguí admirando con eficaz discreción los montes
de Venus de mis condiscípulas y amigas, obviando la fresca redondez
de sus formas e intentando condensar en mi retina las cavidades que palpitaban
tras el dibujo cuidadosamente recortado de su pelambre. De cierto modo, mi
práctica contemplativa obedecía a que la escasez de mi propio
vello me orilló a depilarlo por completo cada semana, a partir de la
adolescencia, dejando expuestos mis labios al roce de la tela y la intemperie.
Pero el pubis que más me ha fascinado es el de Amarilis, mi amiga con
quien desde hace algunos meses y dos tardes por semana comparto los vestidores
y el sauna al concluir nuestra clase de aeróbic. Es tan espeso y abundante
su vello pelirrojo que cuando está de espaldas en el vapor, éste
sobresale con generosidad de entre sus nalgas; de frente bosqueja un fino sendero
que asciende de la pelvis a su ombligo en el que ha colocado un anillo diminuto,
similar a los que cuelgan de cada uno de sus grandes pezones.
Algunas mujeres la ven con desagrado y recelo; otras, como yo parecen extasiarse
ante las compactas marañas que por igual enriquecen su pelvis y sus
axilas. Ella me ha contado que jamás.................
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Una alumna de piano se inicia en el mundo de las relaciones homosexuales de la mano de su profesora de piano, que ademas de enseñarle música le muestra como disfrutar de otra piel femenina.
Soy Lorena, tengo 19 años, vivo en Montevideo, (Uruguay), y quiero compartir con ustedes los relatos
de mi vida sexual, que como veran a continuación, ha empezado maravillosamente
bien a diferencia de otras chicas que no tuvieron tanta suerte.
Producto de tal situación hoy puedo decirles a ustedes aquí en
privado que soy lesbiana y que lo seré por el resto de mis días.
Fui criada por mis padres bajo estrictas normas de educación, dado que
ambos son un tanto antiguos. Siempre fui bien parecida porque soy rubia, alta,
tengo ojos verdes, mis medidas son 92 - 62 - 92, y aunque suene feo que lo
diga yo, soy una mujer atractiva.
Me he dado cuenta de ello porque soy permanentemente hostigada por ambos sexos.
Ademas cuido muy especialmente mi femineidad vistiéndome con ropa de
marca, arreglándome permanentemente el cabello, así como cuidando
mi maquillaje y demas.
Soy cien por ciento mujer, aunque me gusten con locura las mujeres. De chica
fui "obligada" a estudiar muchas cosas, por ejemplo: inglés,
la secundaria hasta Facultad, y Piano.
Estudiando piano descubrí mi sexualidad. Estudiaba piano y me preparaba
para el examen de sexto año en la casa de mi profesora, a quien llamabamos
la Srta. Elsa. Elsa en aquel entonces tenía 32 aqos, era morocha de
ojos marrones, con un cuerpo espectacular dado que era soltera, (con novio),
y aún no tenía hijos, lo que le permitma conservarse muy bien
físicamente.
Ademas, era una persona que se preocupaba mucho de broncearse y de tener una
actividad de gimnasia a diario. Como Elsa vivía frente a mi casa, en
un barrio muy tranquilo, sólo debía cruzar la calle para ir hasta
su casa. Mi madre se quedaba parada en la puerta hasta que me veía entrar
a estudiar. Las clases eran de las 3 a las 5 de la tarde, los días lunes,
miércoles y viernes.
Elsa casi siempre a esa hora estaba tomando sol en el fondo de su casa cuando
yo llegaba, y me recibía con su traje de baño de dos piezas,
y mientras se cambiaba de ropa, yo empezaba a practicar las lecciones. Yo era
la mimada de todas sus alumnas; siempre me recibía muy bien y me decía
que yo era la reina porque era la mas bonita de todas. Una tarde que hacía
un calor tremendo, crucé a clase con una mini de tela fina, una remera
(camiseta) corta y sandalias..................
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Se llama Fabiola, tiene 15 años y es la menor de mis hijos. Siempre fue la mas inocente de mis 5 hijos, víctima de la burla permanente de sus 4 hermanos mayores ( todos varones ) pero también la mas protegida, la mas mimada, la mas cuidada.
Cursaba su tercer año de secundario y nunca había tenido novio, rodeada siempre por mi esposa, sus hermanos y por mi, tenia una
apariencia callada, sumisa, introvertida.
Sus amigas eran algo mas despiertas que ella pero se llevaban de maravilla, eran
un grupo de 5 o 6 muy divertidas, estudiaban juntas y hacían deportes
todas dos o tres veces por semana.
Vivíamos en una casa espaciosa, en las afueras de la ciudad, con piscina
y cancha de tenis, teníamos todas las comodidades y un pasar económico
realmente holgado.
Mis hijos mayores estudiaban y los dos mas grandes ya habían comenzado
a hacer las pasantías correspondientes en las empresas que luego les
darían un trabajo fijo.
La vida de mi familia estaba encaminada hacia tiempo, no teníamos grandes
preocupaciones asi que nos dedicábamos a disfrutar de todos los placeres
que podíamos y de tanto en tanto, viajábamos.
No nos preocupaba demasiado el dejar con mi esposa a los chicos solos en la
casa porque ya eran adultos y porque teníamos un grupo de empleados
que se encargaban de ellos ante cualquier inconveniente.
El ama de llaves de la casa nos conocía desde hacia 35 años,
la cocinera era su hija, el jardinero había trabajado con mi padre y
las mucamas eran relativamente nuevas en la casa pero no por eso ineficientes.
Quizás, de tanto en tanto, me inquietaba algo la mas joven de ellas,
de origen filipino que había llegado al país hacia 6 años
y tenia una curiosa forma de expresarse. Digo que me inquietaba porque su belleza
era impresionante y mis hijos mayores a veces planeaban ciertas cosas (típicas
de hombres que aprecian a las mujeres hermosas ) que podían llegar a
traernos algún que otro inconveniente pero en líneas generales,
no pasaba de meras fantasías entre hermanos.
Kelina ( así se llamaba esta hermosa asiatica ) era muy expeditiva,
reservada y poco afecta a las bromas de mis hijos. Sabia conservar su lugar
así que no me preocupaba por lo que ella pudiera hacer y cada vez que
el tema se tocaba con mi esposa, coincidíamos en que mas allá de
cualquier bromas, los chicos sabrían comportarse como caballeros y dejarían
de lado todas sus extrañas ideas.
Fabiola había aprendido alguna que otra palabra en filipino y parecía
llevarse bien con aquella muchacha que la conocía desde los 9 años
y apenas le llevaba 5.
Dada la cercanía de edades entre.................
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-¡Dios mío que sol tan intenso! Mi piel amenazaba con llenarse de ampollas de seguir un minuto más bajo el ardiente sol de Agosto. El mar reflejaba sus rayos y el blanco de la cubierta cegaba nuestros ojos.
-Si no me doy una ducha, se me cuarteará la piel como a un lagarto – Suspiré.
-Exagerada...! - dijo Lucia... Ella podía pasarse horas y horas bajo
el sol sin apenas cambiar de posición. Yo me desesperaba...procuraba
tener un cubo de agua cerca de mi para irme mojando, pero el agua se había
calentado y ni refrescaba ni calmaba ya mi piel.
Me incorporé con cierta prudencia, puesto que estábamos atracados
en el puerto, y aunque tomábamos el sol en la cubierta superior, a resguardo
de miradas indiscretas, íbamos completamente desnudas. Me puse el bikini,
intentando no levantar demasiado el cuerpo. Al bajar las escalerillas vi de
refilón una cabeza de pelo oscuro que merodeaba por el barco. Me extrañó.
Los maridos y el patrón se habían ido a Khama, un pueblo de al
lado a buscar unos equipos de inmersión. Ella y yo preferimos quedarnos
en el barco tomando tranquilamente el sol.
-Lucia....no estamos solas!
-Que dices?, no puede ser. Nos han dicho que volverían a mediodía
para comer!
-Te juro que he visto una cabeza rondando por abajo- Insistí.
Lucia se incorporó, más descuidada que yo, agarró un
vestido de punto que tenia allí, y se lo puso precipitadamente.
Bajamos las dos por la estrecha escalera. Lucia iba delante, yo la seguía
pegada a sus talones. Allí vimos al intruso, mirando por una de las
ventanas de espaldas a nosotras.
- Oiga!!!! - dijo Lucia muy decidida en un tono brusco e imperativo.
El fisgón se dio la vuelta sobresaltado, poco faltó para que
se le cayera la caja que llevaba. Al darse la vuelta pudimos leer en la parte
izquierda del polo blanco que llevaba, "BAR GOLOSO". De la caja asomaban
unas botellas de vino. El marido de mi amiga lo había encargado en el
bar del pequeño puerto y mandó que lo trajeran al barco, es lo
que nos contó más tarde. El chico, un guapo italiano de no mas
de 25 años, se excusó en su idioma o eso es lo que supusimos
al ver su cara. Ella y yo nos miramos divertidas por el incidente.
Se quedó con la caja en las manos, mirándonos sin saber que
hacer, Lucia, se acercó a el, y cogiéndole por el brazo lo llevó hacia
el interior para que dejara la caja al lado del frigorífico. El chico
obedeció mansamente. Yo les seguía y le observé con el
detalle que mi mente juguetona me permitía!... Tenia.................
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Cuando hice aquel viaje a París con mi madre tenía 18 años, y ella treinta y cinco. Se había casado muy joven estando embarazada de mí, y a los tres años se divorció, por lo que apenas tuve relación con mi padre, era hijo único y siempre estuve muy ligado a mi madre, lo que no quiere decir que fuera
un niño mimado, enmadrado o amanerado, todo lo contrario, me gustaban
horrores las chicas, siempre estaba pensando en ellas aunque no había
tenido ninguna experiencia y, por supuesto, no paraba de masturbarme a todas
horas.
A mi madre le había tocado un viaje de un fin de semana a París
para dos personas, y como no tenía con quien ir, pues de hecho no había
vuelto a tener pareja estable desde su divorcio, fuimos los dos juntos.
Llegamos el viernes por la tarde al hotel, la sorpresa al llegar fue que sólo
había una cama de matrimonio, circunstancia a la que mi madre no dio
importancia, dijo que ya nos arreglaríamos, pero a mi me incomodó bastante,
ya que por entonces yo solía estar empalmado continuamente y tenia miedo
de que me descubriera. Sin embargo, lo que más me preocupó fue
el ver que la habitación, que era de diseño muy moderno, tenía
la ducha en un extremo de la habitación, sin puerta y con una mampara
translúcida, lo cual me obligaría a desnudarme en medio de la
habitación. Por otra parte me daría la posibilidad de ver a mi
madre desnuda a través del cristal, lo que me excitaba enormemente.
Una vez en el hotel decidimos cambiarnos para dar un paseo en barco por el
Sena y cenar. Mi madre se quitó la ropa con toda naturalidad dejando
ver un conjunto de ropa interior negro muy ajustado y que dejaba libre la mayor
parte de sus senos y de su trasero, lo que me provocó cierta conmoción
en mis partes bajas.
A la vuelta, bastante tarde y algo cansados, llegó el momento que yo
estaba temiendo desde que vi la habitación, aunque también en
cierto modo ansiaba, pues mi madre decidió que pasáramos a la
ducha para dormir mas relajados.
- Venga, pasa tu primero a ducharte - dijo, y entonces reparó en como
era la ducha - Anda, te has fijado que ducha mas original, está en medio
de la habitación - pero no le dio mas importancia.
Me desvestí, quedándome solo con los calzoncillos, y me acerque
a la ducha, sin atreverme a desnudarme, así que empecé a perder
el tiempo cepillándome los dientes, peinándome, etc. Mi madre
se debió dar cuenta de que estaba incómodo porque entonces me
dijo.
- Oye, si te da corte que.................
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