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Todo sucedió una tarde en que mi psiquiatra se empeñó en realizar un experimento verdaderamente alejado de la normalidad curativa A través de sucesivas incursiones en mi subconsciente había llegado
a la conclusión de que yo había sido una mujer nacida a principios
del siglo en el seno de una familia liberal. Mi fobia al sexo lo explicaba precisamente
en que, durante un encuentro con un hombre alemán, fuí violada brutalmente
por él y por los amigos. A finales de siglo, yo era un hombre de media
melena peliroja sin experiencias sexuales de ningún tipo.
Alberto me explicó que aquella tarde debería de ponerme un camisón
y una braguita de mujer. Se trataba de una prenda trasparente de tirante y de
un tanga relativamente estrecho. Pasé al probador con algo de vergúenza,
aunque con cierta inevitable dosis de excitación. Me desprendí
inmediatamente de la ropa y me quedé desnudo. Notaba que mis pezones
se endurecían y tambiñen cierto temblor de la piel propio de un
adolescente enrojecido. Como de alguna manera me estaba entreteniendo, y no
quería enfadar al doctor, me puse el tanga con relativas ganas. Mi pene,
de dimensiones normales, podía adaptarse al tanga, pero también
me lo introduje hacia atrás, casi algo entremetido, a fin de que la imagen
de mi cuerpo perdiera la consistencia masculina que, ni Alberto, ni yo tampoco
deseábamos.
Salí al despacho con cierto azoramiento, tanto que no noté la
mirada igualmente turbada de mi médico. Me ordenó que me tumbara
en el diván y lo hice con algo de morbo, casi como si yo mismo empezara
a creer aquel cuento.
DIARIO DEL DOCTOR ALBERTO REQUEJADA. 23 DE OCTUBRE DE 1.988
Hoy ha sucedido algo inesperado. Alejandro Martínez ha desarrollado
una experiencia inusual en cualquier gabinete. Le he sentado vestido de mujer
porque intuía la probabilidad de que, vestido de esa manera, pudiera
desarrollar el rol vivido en una vida anterior y curar su patológica
aversión al sexo. Ya entrado en hipnosis profunda, mi cliente se ha remontado
al pasado a través de un proceso que ha durado aproximadamente una hora,
siguiendo un transcurso de dos horas más durante los que han rememorado
episodios de su vida como Marlene. Por lo que dice debió ser una mujer
interesante, llena de sexualidad. ¿ Dónde estaba?. Ah!, ahora
recuerdo de pronto, al cabo de todo ese tiempo, su voz se ha ido lentamente
transfigurando hasta convertirse en la de una mujer alemana, dulce, muy sensual.
Me he sentido atraído desde un principip por ella,.................
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Me miró seduciéndome. Llevábamos dos semanas encerrados en aquel zulo, secuestrados vulgarmente. En la vida del exterior compartíamos la profesión y, debido a un
instinto que no podría precisar, siempre me había atraído.
Por su morbo mezclado con cierta educación algo retraída, por la
conformación de su cuerpo lleno de formas, por su mirada analítica,
o porque en definitiva había descubierto en ella la necesidad de liberarse,
de salir de aquel maldito matrimonio que la oprimía.Yo sabía que
le gustaba, que me deseaba como una pieza madura de fruta. lo notaba en sus idas
y venidas por el pasillo cuando parecía evidente la ausencia de motivos.
La inercia de la vida, la paradoja, había determinado que nuestros cuerpos
se enfrentaran en un espacio de tres por tres metros, casi como si esa fuera
la única oportunidad y la única disculpa que cabía en ella
para romper sus convencionalismos absurdos. Durante días compartimos
situaciones humanas desagradables. El olor de los excrementos, la llegada de
su menstruación inevitable, su pudor por este hecho. Me comporté
como un caballero, eludiendo cualquier situación que pudiera azorarla
más de lo que, en aquellas circunstacias, cabía esperar. Pasabamos
el día mirándonos aterrados, interrogándonos, sintiendo
que, desde hacía algún tiempo, eramos una sola piel y que nuestras
vidas compartían un destino. Estábamos juntos y no necesitábamos
hablar, ni decir nada. Había veces que no podía detener mi mirada
en sus senos. Era verano, hacía calor y su ropa ligera permitía
entrever algo que siempre había deseado tocar. Me contenía, pero
ella sabía que la deseaba, que vivíamos en un mismo espacio, reducido,
-casi podíamos tocarnos-, y que el tiempo se extinguïa como la luz
de una vela. Eramos jóvenes y necesitábamos vivir, pero la muerte
se cernía sobre nuestros corazones, y los cuerpos eran libres. Debía
de tener un pubis rubio y unos labios anchos. Sus senos era evidente que habían
sido deliberadamente esculpidos por alguien generoso, sus caderas jugaban a
circunvalar formas inimitables, y era menuda, pero esculturada. Su personalidad
algo taimada, le permitía disfrutar de una personalidad aguda que construía
perfectamente el deseo, lo mimaba hasta hacerlo estallar. Su cabello era dorado
y su mirada azulada. Sus manos indiferentes en la forma, sugerían la
posibilidad de accionarse como los de una marioneta, algo determinados por la
suerte de una historia previa llena de prejuicios. No era, en modo alguno, un
ser libre, pero, para la altura de los quince días, su ropa interior
se humedecía.................
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Aún me hago pajas cuando recuerdo todas las cosas que me ocurrieron durante aquel mes de Agosto, cuando tenía doce años. En realidad todo empezó el verano anterior. Mis tíos me habían
invitado a pasar un día en su casa de campo. Después de comer se
fueron a dar un paseo y me quedé sólo con mi prima, que entonces
tenía 17 años y mi primo de 16. Al poco de salir sus padres, mis
primos se fueron a una de las dos habitaciones que tenía la casa y cerraron
la puerta con cerrojo. Yo llamé con los nudillos y les pedí que
me dejaran pasar, pero ellos me dijeron que fuera a ver la televisión.
Al cabo de un rato, muerto de curiosidad, salí fuera de la casa (que solo
tenía planta baja), la rodeé y fuí a la ventana de la habitación
donde ellos estaban. Las ventanas de la casa no tenían persianas y aunque
ellos habían cerrado las cortinas, habían dejado las ventanas abiertas
por el calor que hacía. Con mucho cuidado aparté un poco la cortina
por un lado y lo que vi me aceleró el pulso. La cabecera de la cama estaba
justo debajo de la ventana. Mi primo estaba tumbado boca arriba mirando una revista
porno. Tenía los pantalones y los calzoncillos bajados hasta las rodillas.
Su hermana, sentada en la cama a su lado, le estaba haciendo una paja. Al cabo
de un rato de menearsela mi primo dejó a un lado la revista y dijo "¿me
enseñas las tetas?". Ella respondió quitándose la camiseta
y el sujetador. (Aquí hay que decir que mi prima estaba y está buenísima
y tiene un par de tetas de ensueño). El alargó un brazo y se puso
a sobarle las tetas mientras ella continuaba subiendo y bajando la mano frenéticamente
sobre su polla, sacando y metiendo el brillante y morado capullo en cada sacudida.
Yo no estaba ni aun metro de distancia de ellos, así que vi con toda claridad
cómo se había formado una gotita blanca en la punta de la polla.
Mi primo suplicó "¿me dejas que te toque el culo mientras me
corro?", a lo que ella respondió "está bien, pero no te
acostumbres". (No hace falta decir quién llevaba las riendas en este
juego). Ella se puso de rodillas sobre la cama, se recogió la falda hasta
la cintura y tirando un poco de los elásticos de las bragas le miró
a la cara con una sonrisa pícara y le preguntó con voz lasciva "¿no
hace falta que me baje las bragas, verdad?". El respondió inmediátamente
"¡sí porfavor!¡bájatelas!". Ella se giró
poniendo el culo en dirección a la cabecera de la cama para que él
lo viera bien (yo, por supuesto, compartí aquel regalo) e inclinándose <br.................
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Aún me hago pajas cuando recuerdo todas las cosas que me ocurrieron durante aquel mes de Agosto, cuando tenía doce años. En realidad todo empezó el verano anterior. Mis tíos me habían
invitado a pasar un día en su casa de campo. Después de comer se
fueron a dar un paseo y me quedé sólo con mi prima, que entonces
tenía 17 años y mi primo de 16. Al poco de salir sus padres, mis
primos se fueron a una de las dos habitaciones que tenía la casa y cerraron
la puerta con cerrojo. Yo llamé con los nudillos y les pedí que
me dejaran pasar, pero ellos me dijeron que fuera a ver la televisión.
Al cabo de un rato, muerto de curiosidad, salí fuera de la casa (que solo
tenía planta baja), la rodeé y fuí a la ventana de la habitación
donde ellos estaban. Las ventanas de la casa no tenían persianas y aunque
ellos habían cerrado las cortinas, habían dejado las ventanas abiertas
por el calor que hacía. Con mucho cuidado aparté un poco la cortina
por un lado y lo que vi me aceleró el pulso. La cabecera de la cama estaba
justo debajo de la ventana. Mi primo estaba tumbado boca arriba mirando una revista
porno. Tenía los pantalones y los calzoncillos bajados hasta las rodillas.
Su hermana, sentada en la cama a su lado, le estaba haciendo una paja. Al cabo
de un rato de menearsela mi primo dejó a un lado la revista y dijo "¿me
enseñas las tetas?". Ella respondió quitándose la camiseta
y el sujetador. (Aquí hay que decir que mi prima estaba y está buenísima
y tiene un par de tetas de ensueño). El alargó un brazo y se puso
a sobarle las tetas mientras ella continuaba subiendo y bajando la mano frenéticamente
sobre su polla, sacando y metiendo el brillante y morado capullo en cada sacudida.
Yo no estaba ni aun metro de distancia de ellos, así que vi con toda claridad
cómo se había formado una gotita blanca en la punta de la polla.
Mi primo suplicó "¿me dejas que te toque el culo mientras me
corro?", a lo que ella respondió "está bien, pero no te
acostumbres". (No hace falta decir quién llevaba las riendas en este
juego). Ella se puso de rodillas sobre la cama, se recogió la falda hasta
la cintura y tirando un poco de los elásticos de las bragas le miró
a la cara con una sonrisa pícara y le preguntó con voz lasciva "¿no
hace falta que me baje las bragas, verdad?". El respondió inmediátamente
"¡sí porfavor!¡bájatelas!". Ella se giró
poniendo el culo en dirección a la cabecera de la cama para que él
lo viera bien (yo, por supuesto, compartí aquel regalo) e inclinándose <br.................
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Alejandra entró en la casa de sus padres de madrugada y triste. Estaba casada, pero nadie comprendía su historia. Solamente roger, un perro seter de color canela, le daba afectividad. La oyó entrar, a pesar de que lo hizo silenciosamente y se dirigió al vestíbulo. Era verano y hacía calor. Vestía un conjunto de transparencias muy
sensual que realzaba su morena estampa y sus labios gruesos. Tenía los
senos pequeños pero sensuales y un cuerpo terso y curvado. La lamió
la manó y ella protestó. ¡ roger, déjame!. No la
hacía caso porque la quería mucho y sabía que estaba triste.
Buscó la habitación de la asistenta para dormir, -un trastero lleno
de libros y cañas de pescar-, y su silueta se perdió en aquella
penumbra. No despertó a nadie porque la casa era grande. roger se quedó
con ella. Dentro de aquella atmósfera insinuante se desprendió del
vestido, -que cayó al suelo, cerca del perro-, y luego del sujetador. Tenía
el vientre bien formado y las bragas blancas resaltaban en aquella penumbra como
la aurora boreal. Se tumbó en la cama llorando.
Pasó el tiempo sin dormir, sin esperanza. De pronto, sus manos ascendieron
por el abdomen hasta alcanzar el pecho y levemente fue contorneándolo
con suavidad, rozándolo muy ténuemente con la yema de los dedos
y llegando en espiral a los pezones. Su mirada parecía perdida en la
profundidad y sus sensaciones crecían. Los pezones se erizaron pensando
en su marido y ella se estiró como un arco inclinando el pubis hacia
el firmamento. Tenía las bragas puestas, pero la humedad las mojaba desprendiendo
los primeros olores de aquella noche especial roger se excitó. El olor
del coño de Alejandra le llegaba con profundidad y una leve erección
primeriza asomaba en forma de punta afilada y roja. Puso las patas sobre la
cama y luego sobre su cuerpo. ¡ Quita que me haces daño!. Sin embargo,
el perro insistía porque le dominaba el instinto. Alejandra, imprudentemente
se quitó las bragas, y las dejó caer al suelo. Durante el rato
que sus dedos descendieron a su sexo para estimularse, roger proyectaba su
instinto lamiendo las bragas de aquella silueta desnuda que se masturbaba. Ella
sintió que el perro estaba alborotado, pero siguió tocándose
con la yema de un solo dedo. Como quiera que una puerta se oyó desde
el fondo y roger estaba inquieto, no la quedó más remedió
que acariciar su cabeza. Entonces, el perro se puso de patas sobre la cama y
luego se subió.
Una luz se encendió y luego se apagó. Alejandra acarició <br.................
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