Amigos: ALGO MAS QUE AMIGOS II

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Enviado por webmaster el 29 Nov, 2004 - 04:12 PM

Después del masaje que me has dado, no que creo que sea facil que se tranquilice
Habían pasado ya dos semanas desde aquella tarde en la playa con Ines y yo no había dejado de pensar en ella. Coincidimos un martes en una cena que hubo en casa de unos amigos comunes y a la que habíamos asistido con nuestras respectivas parejas. La cena transcurría en un ambiente distendido y cordial, y yo ya pensaba que todo lo que sentía era fruto de mi imaginación. Sin embargo, tuve ocasión de comprobar que ella también había estado pensando en nuestro encuentro en la playa cuando en un momento que yo me acerqué a la cocina para coger un poco de hielo ella entró también con el pretexto de unas servilletas y me dijo en voz baja: “Creo que mañana por la tarde iré a tomar el sol, a ver si me pongo morena. ¿Te apetece?”. Me quedé un poco cortado y no pude responder más que con un simple: “Sí, si. Me viene perfecto”. Desgraciadamente era mentira porque tenía prevista una reunión de trabajo. Volvimos a la mesa y la cena continuó igual de animada.

Al día siguiente me desperté ya con la idea de arreglármelas de la manera que fuese para anular aquella reunión con los de la oficina. Al fin y al cabo mi presencia no era imprescindible y decidí excusar mi presencia con el pretexto de una visita al médico que me habían cambiado de hora. Con este problemilla resuelto ya no había nada que me impidiese quedar con Ines. Le mandé un mensaje SMS al móvil y le dije que a las 16:30 podría estar en la playa. Me contestó casi inmediatamente que hasta las 17 no podría llegar. Quedamos a esa hora.

Mi impaciencia por volver a ver a Ines era tal que llegué a la playa casi con una hora de adelanto, tiempo que se me hizo eterno. Como habíamos quedado directamente en la playa, yo ya llevaba un buen rato tostándome al sol cuando se me acercó por detrás y me dijo: “Creo que deberías ponerte crema porque se te está poniendo el trasero de color rojo”. Y se puso a reir. Puntual a la cita había llegado sin que yo me hubiese dado cuenta. Me levanté enseguida para saludarla. Parecía que había pasado un siglo desde que nos encontramos en ese mismo lugar, y sin embargo habían pasado solamente quince dás. Nos dimos dos besos y ella se instaló junto a mi. Parecíamos dos adolescentes en su primera cita. Rápidamente se quitó el pareo y después las dos piezas del minúsculo bikini que llevaba debajo. Mi emoción era tal que no pude evitar tener una erección al verla desnudarse a mi lado. Ella se dió cuenta y me dijo: “Vaya, sí que estás contento de verme!”. Muerto de vergüenza, no sabía como ponerme y me tapé con las manos como queriendo disimular algo que era obvio.

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