Venían de una convención en un hotel de cuatro estrellas, a dos calles de los mismísimos Campos Elíseos. Decidieron desempolvar sus ideales hippys, y hacer todo el trayecto en la autocaravana. Abandonaron el hotel y, de paso, sus maneras burguesas, una mañana a primera hora, echándose a la carretera sin rumbo fijo. Recorrieron todo el norte de Francia y atravesaron Bélgica, para acabar deambulando por el barrio chino de Amsterdam. Vanesa miró a las chicas que exhibían sus hermosos cuerpos en los escaparates bajo las luces de neón, sintiéndose tan necesitada como cualquiera de ellas. Él adivinó una tristeza en sus ojos verdes, esos ojos delicados que años atrás le cautivaron. Quiso abrazarla. No se atrevió. Se limitó a cogerla de la mano, una mano gélida por culpa del frío. Y así caminaron por los alrededores de Central Station, como dos turistas, aferrándose a las brasas de lo que en su día fue una hoguera de pasiones.
«Esta noche será la última. Mañana volveremos a casa», le recordó él. Vanesa le miró sin saber si deseaba volver o no.
Se marcharon pronto para la caravana y, siguiendo la norma, se durmieron sin apenas rozarse.
Ahora ya no estaban en París, ni en Bruselas, ni en Amsterdam. Habían atravesado la frontera en Port Bou hacía bastantes horas, y se encontraban en la N5, habiendo dejado Madrid a sus espaldas.
Nacho sintió sueño, por lo que pararon para echar una cabezada en una vía de servicio, frente a los aparcamientos, en un lugar apartado y oscuro. Y en el asiento del conductor se quedó dormido, en una postura algo incómoda.
- Quiero daros las gracias. Llevaba ya hora y media esperando. Pensé que tendría que pasar la noche en aquella gasolinera.
- No hay de qué. Me alegro de que estés con nosotros. Cuando te vi con el pulgar levantado me recordaste mis buenos tiempos de Universidad. ¿Sabes?, una amiga y yo nos recorrimos prácticamente toda Europa a dedo.
- La primera impresión que saqué de vosotros al subir a la caravana fue la de unos aventureros, dos locos de la guerra como yo. Y, sin embargo, me dices que venís de una convención ¿médica? - «veterinaria», corrigió ella -... veterinaria, es igual. No lo hubiera dicho... Ahora no sé qué pensar. No sé si debo imaginaros en vuestro chalet mientras tú quitas el polvo a la alfombra y él corta el césped del jardín, o mantener la imagen de esta tarde, cuando nos fumábamos unos porros, como un acto de confraternidad entre colegas. De veras, estoy desorientado.
Vanesa no dijo nada. Aprovechó que la camarera estaba recogiendo los servicios de la mesa de al lado para pedirle otro café. Miró por la ventana, y dejó su vista clavada en la caravana. Nacho aún seguía durmiendo.
- Me gusta tu nombre - le dijo Vanesa.
- ¿Te gusta mi nombre? - repitió Omar, percatándose de ese giro brusco en la conversación. «Es normal - pensó - que no.................
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