Debut: Felicia cuenta su primera vez

relatos / Relatos de la primera vez
Enviado por webmaster el 12 Nov, 2004 - 03:45 PM

Pocas cosas me gustan tanto como escuchar a las chicas que he tenido (y a las que no he tenido), relatarme sus historias sexuales (por eso soy lector de esta página, donde busco a las autoras). Aquí intentaré reproducir las historias de Felicia, una chica con quien lo hice en unas vacaciones orgiásticas en Acapulquito, y que unos tres meses después se hizo amante mía. Es una chica deliciosa, y contaré su historia. En otro lado he contado aquellas vacaciones, en las que dije algunas cosas de Alicia, y ahora reproduzco un par de párrafos de aquel relato:
Felicia



acababa de cumplir los 19 (por poco se los festejamos en Acapulquito),
de facciones muy finitas, ojos color castaño claro, lo mismo que el cabello,
casi tan bajita de estatura como Tamara (1:55) y, aunque delgada, muy bien proporcionada.
En realidad, había sido una sabia elección, porque me encantaba.
A pregunta nuestra, nos contó que había perdido la virginidad con
un primo suyo, y que Robert y yo seríamos sus varones número 8 y
9.
Le pedí que me contara de los otros, y sonriendo picaramente dijo que
sólo los enumeraría: su primo ya dicho; su profe de química
en primero de prepa; un novio de 19 años; “dos españoles
en Cancún”; Felipe, “aquí presente”; y... “el
otro es un secreto”. Ya siendo amantes, empezó a contarme sus historia,
y esta es la primera:
Miguel, como llamaremos al primo que gozó mi virginidad, era cuatro
años mayor que yo, pero antes de contarte de él tengo que contarte
de Juan, su hermano, que era un año mayor que yo, porque aunque no cogí
con él, no todo en el sexo consiste en meterlo, y añoro aquellos
años en que un roce, cualquier cosa, bastaba para enloquecerme.
De niños, Juan y yo jugábamos y peleábamos como suele
ocurrir entre primos que se frecuentan mucho, y desde por ahí de los
10 años empezamos a curiosear con nuestros cuerpos. Solíamos subirnos
a la azotea del edificio donde él vivía, y yo le tocaba su pequeño
pene, que se ponía duro, como debe ser, y el observaba y tocaba lo mío.
Aquello duró un par de meses, hasta que mi madre se enteró de
alguna manera, y me dijo que eso no estaba nada bien, y tal, y lo dejé
de hacer.
Pero los toqueteos de Juan y los míos habían despertado mi gusto
por aquellas partes “prohibidas” de mi cuerpo, y poco a poco fui
descubriendo la masturbación. No extrañé a Juan ni tuve
deseos de varón, porque mis dedos me daban más.................
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