Lesbico: Andrea (I)

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Enviado por webmaster el 01 Nov, 2004 - 05:28 PM

La tarde era radiante, pero en el horizonte se veían negros nubarrones que presagiaban posibles lluvias ya entrada la noche. Ello no impidió que cogiera el coche y fuera a dar un paseo por los campos bien empapados de las precipitaciones de los días anteriores, los cuales exhalaban el peculiar aroma de la tierra mojada. En el cielo se apreciaban las blancas líneas paralelas que dejaba un avión a reacción y se contemplaban los afanosos vuelos de avecillas que se recogían a sus hogares nocturnos.

El paseo fue muy grato, y cuando las primeras gotas golpearon la chapa del automóvil inicié el regreso a casa. Soy una mujer que vive sola. En la ciudad en un apartamento, y en el campo en una coquetona casita aislada entre la arboleda, la que visito con frecuencia los fines de semana que el trabajo me deja libre.

La lluvia arreciaba. La carretera era una lechosa turbiedad rota por los dedos luminosos de los faros, que dejaban percibir solo unos cincuenta metros de vía, lo que me aconsejó aminorar la marcha. Despacio y con mucha precaución llegué a las proximidades de mi casa, cuando observé un bulto blanco al lado derecho de la carretera. Aminoré la marcha y observé como una joven caminaba por el arcén, aguantando como podía el gran aguacero. Abrí la puerta y grité:

- ¡Muchacha, súbete al coche que te vas a ahogar!

Y entró riendo. Era una joven como de unos diecisiete años, que vestía camisa y pantalones blancos completamente empapados los que comenzaron dejar arroyos de agua en el asiento.

- ¡A quien se le ocurre caminar en un día como el de hoy! ¡Debes estar helada!

- No, en realidad no hace frió. La lluvia incluso era agradable y además no tenía donde guarecerme.

Me contó que se llamaba Andrea y se hospedaba en la casa de unos amigos en el pueblo. Que aquella mañana habían ido a la ciudad para atender a un familiar enfermo y no regresarían hasta el día siguiente. Que ella salió a pasear y le sorprendió la lluvia. Y ya no habló más, pues aunque antes dijera lo contrario, comenzó a tiritar.

- ¡Ves, ya estás sintiendo frió! Vamos a mi casa a secarte, pues así no puedes estar. Luego te llevaré a la tuya que está a menos de dos kilómetros. - y diciendo esto penetré en el bien cuidado sendero que conduce a mi casa - Además, no te echarán de menos.

Andrea temblaba. En el centro del iluminado salón parecía una desvalida criatura temblorosa que dejaba regueros de agua en el suelo. Observé que bajo la blusa blanca no llevaba ninguna prenda, pues sus pechos se adherían a la tela y mostraban los oscuros pezones. Incluso el pantalón dejaba entrever la sombra de su entrepierna. Fui rápidamente al baño y puse a calentar el termo; cogí dos grandes toallas y volví al salón.

- He puesto.................
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