AIDA: Aida II : El Bosque

relatos / Relatos de amor filial
Enviado por webmaster el 01 Nov, 2004 - 04:17 PM

Lo que estaba viviendo me tenía desconcertando, de modo que trate de interpretarlo como una experiencia generada en las circunstancias que rodeaban esa noche en la piscina y una especie de capricho de mi hermana. Seguramente ella estaba acostumbrada a bañarse desnuda y mi presencia no le era una traba suficiente como para frenar su impulso. De la experiencia, mía parecía no haberse dado cuenta.


Sin embargo mi primera impresión debió sufrir algunas drásticas modificaciones con el correr de los días.

A la mañana siguiente traté de ser lo mas natural posible, pero la verdad de las cosas era que estaba inquieto.

Cuando apareció a la hora del desayuno vistiendo unos cortos pantalones que exponían hermosamente sus muslos blancos y una blusa pequeña que solamente cubría parte de sus tetas, debí admitir una realidad que ya no me abandonaría. Era una mujer hermosa y era mi hermana. Esa realidad luchaba poderosamente contra otra igualmente valida. Esa mujer me inquietaba profundamente.

No hizo ninguna referencia a lo de la noche ni yo me atreví a hacerla, pero me miraba de manera extrañamente agradable, era como si quisiera decirme algo con la mirada que su boca, al parecer nunca diría.

Habíamos planeado para ese día una caminata por el campo cercano porque ella tenía interés en saber mi opinión acerca de algunas modificaciones que había realizado en unos establos ubicados al otro lado del bosque que enfrentaba a la casa.

Emprendimos la caminata por un pequeño sendero que luego de rodear la casa se introducía en el bosque. Ella, definitiva conocedora del lugar, caminaba adelante y yo la seguía no sin cierta dificultad debido a mi condición de hombre sedentario.

Debido al desnivel del terreno yo tenía frente a mis ojos el perfil generoso de su trasero definitivamente bien formado y la variante tensión de los músculos de sus piernas llenaba mis ojos proyectando una imagen inquietante pero hermosa.

Esa imagen que tan generosa y naturalmente me ofrecía, sumada a las reflexiones de mi insomnio me excitaban poderosamente y solo el hecho que estuviésemos caminando me permitía disimular el bulto monumental que la erección ocasionaba en mi liviano pantalón. Pero yo tenía temor que ella me mirara y notara mi masculina reacción.

De pronto ella se detuvo y yo instantáneamente hice lo mismo tratando de mirar hacia el valle a mis espaldas, de modo que no la estaba mirando cuando me dijo que no soportaba más y que debería orinar en algún lugar. Yo me reí de buena gana y sin volverme la escuche caminar sobre las hojas secas. Dejé transcurrir un tiempo prudencial y me volví pensando que ya habría terminado el proceso. La visión me dejo paralizado

Aída estaba apenas a unos cuatro metros mío de espaldas en cuclillas sin los pantalones y mostrándome el culo más hermoso que yo hubiese visto y he de confesar que he visto varios. Estaba completamente al descubierto,.................
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