Cuando comencé mi vida con Santiago, soñaba, como toda jovencita llena de proyectos, formar una familia y dedicar mis horas a la crianza de niños y a mi trabajo de decoradora de interiores, que tanto me gustaba. Después de varios años de noviazgo, creíamos conocernos y comprendernos como pocos de nuestros matrimonios amigos.
Santiago era para mí un hombre admirable, muy educado y apuesto aunque, como todo machista empedernido, bastante reservado en sus asuntos y poco demostrativo. A pesar de que estábamos enamorados, había momentos en los que me sentía sola. Y la ausencia de hijos hacía más profunda esa sensación.
Fue en uno de esos días cuando recibimos la noticia que por viaje de negocios, vendría a quedarse en casa por unos meses mi cuñada, ya que la multinacional para la que ella trabajaba había decidido aventurarse a invertir en este país ( porque eso sí debe ser considerado una aventura)y construir una cadena de centros comerciales con diseños y tecnología de vanguardia. Virginia era la hermana de Santiago que yo no conocía, ya que se había ido a vivir a California apenas recibida de arquitecta, y gracias a una beca que obtuvo en ese entonces por sus altas calificaciones. Yo había visto sólo algunos de sus trabajos, y su creatividad, su sensibilidad estética y el talento de sus manos eran increíbles.
El día que mi marido fue a recibirla al aeropuerto, yo me quedé en casa para asegurarme de que todo estuviera en perfectas condiciones: la limpieza, los detalles, su dormitorio, la comida. Me arreglé y me maquillé para dar una buena impresión a mi huésped.
Cuando sentí la bocina fuera de casa, sonaba también en el living el alto y antiguo reloj de pie que había heredado de mi abuela, y que movía su bien pulido péndulo anunciando la hora de almorzar. Al asomarme al jardín para ayudar a bajar el equipaje, mi cuñada ya inclinaba su voluptuosa figura para descender del vehículo. Mientras nos presentábamos saludándonos afectuosamente, pude ver sus hermosos ojos azules y cómo su rizada y abundante cabellera brillaba a la luz del caluroso sol del mediodía.
II
Los primeros días transcurrieron entre charlas y confidencias, y mi marido disfrutaba de ver cómo habíamos llegado a congeniar a pesar de habernos conocido hacía tan poco tiempo. A pesar de llevarme siempre muy bien con mis parientes políticos, él temía que la falta de experiencias en común entorpeciera la relación. Pero habíamos descubierto un punto de encuentro, algo que a las dos nos apasionaba: nuestro trabajo. La arquitectura y la decoración siempre se llevaron bien, son el complemento perfecto para hacer del confort del hombre una obra de arte y convertir la rutina en una experiencia placentera. Las mañanas eran nuestras horas libres, y solíamos pasar muchas de ellas consultándonos ideas y proyectos antes de salir hacia nuestros trabajos, mientras el reloj sumaba cada vez más golpes a sus campanadas.
Todo comenzó aquella noche de la.................
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