Lesbico: La hoguera
relatos / Relatos de lesbianas
Enviado por webmaster el 04 Ene, 2005 - 09:10 AM
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No se depilan jamás para que el triángulo
de la diosa marque su vientre como un templo.
de Las sacerdotisas de Astaré
Desde pequeña, el pubis de las mujeres me ha parecido más misterioso y sugestivo que el de los hombres. El sexo oculto en esa musgosa
intimidad parece querer pasar inadvertido ante la indiscreción de miradas
iguales o parecidas a las mías. De niña me fascinaba ver a mis
hermanas mayores a la hora del baño. Intuía que bajo aquellas leves
sombras incipientes, palpitaba una doble y aromática carnosidad como la
que yo aspiraba poseer al llegar a sus edades.
El pubis de los varones, en cambio, carece de gracia y permanece ajeno al
falo, adonde irremediablemente desembocan el ojo y la caricia, sin permitir
el paso de la mirada o de los dedos por otras rizadas geografías. Al
menos ha sido ese mi caso con la mayor parte de los novios y amantes que he
tenido, quienes sucesivamente y con orgullo han esgrimido sus penes ante mis
pupilas sedientas o en el vértice de mi entrepierna, como si todo el
placer y el deseo se concentraran únicamente en la posesión y
en la gratificación de ese dulcemente salado fragmento de sus cuerpos.
En la secundaria admiraba con pudor y de reojo los ralos triangulitos de mis
compañeras del equipo de nado sincronizado al cambiarnos de ropa en
los vestuarios. Más tarde, en la preparatoria y después en la
universidad, seguí admirando con eficaz discreción los montes
de Venus de mis condiscípulas y amigas, obviando la fresca redondez
de sus formas e intentando condensar en mi retina las cavidades que palpitaban
tras el dibujo cuidadosamente recortado de su pelambre. De cierto modo, mi
práctica contemplativa obedecía a que la escasez de mi propio
vello me orilló a depilarlo por completo cada semana, a partir de la
adolescencia, dejando expuestos mis labios al roce de la tela y la intemperie.
Pero el pubis que más me ha fascinado es el de Amarilis, mi amiga con
quien desde hace algunos meses y dos tardes por semana comparto los vestidores
y el sauna al concluir nuestra clase de aeróbic. Es tan espeso y abundante
su vello pelirrojo que cuando está de espaldas en el vapor, éste
sobresale con generosidad de entre sus nalgas; de frente bosqueja un fino sendero
que asciende de la pelvis a su ombligo en el que ha colocado un anillo diminuto,
similar a los que cuelgan de cada uno de sus grandes pezones.
Algunas mujeres la ven con desagrado y recelo; otras, como yo parecen extasiarse
ante las compactas marañas que por igual enriquecen su pelvis y sus
axilas. Ella me ha contado que jamás.................
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