AIDA: Aida V : La llegada
relatos / Relatos de amor filial
Enviado por webmaster el 01 Nov, 2004 - 04:19 PM
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Aída había llegado casi al final de su camino y eso me lo había manifestado tanto con sus acciones como con las palabras que ahora sí, ya salían de su boca, a veces en forma atropellada. Era así, seguramente porque habían estado demasiado tiempo contenidas.
Ella se desplazaba ahora por la casa con alegría y soltura, se veía mas joven y más tersa, más ágil y por supuesto más hermosa.
Habíamos planificado, a insinuación de ella, que iríamos al lago. Ella parecía haber seleccionado ese lugar para el acto más importante de su llegada al sexo.
Al parecer quería revestir todo, de las características de una verdadera ceremonia, en medio de la naturaleza, pero ceremonia al fin.
Quizás si habiendo vivido tantos años en las penumbras de sus represiones y habiéndose asomado poco a poco, con mi ayuda, a su nuevo universo, quería disfrutar plenamente de sus logros. Yo la entendía perfectamente y le ayudaba con alegría en todos los preparativos que aparecían ser, para la servidumbre como un habitual paseo campestre, pero que para nosotros dos estaba lleno de símbolos e insinuaciones excitantes que disfrutábamos plenamente.
Había elegido una delicada falda verde agua que la cubría hasta las rodillas lo que resaltaba muy bien su grupa perturbadora y permitía al mismo tiempo admirar sus hermosas pantorrillas. En un momento, su cuarto, levanto la falda para pedir mi aprobación acerca de los pequeños calzones blancos. Giró ante mis ojos para que pudiera yo admirar como la pequeña prenda se introducía profundamente entre sus nalgas. Estaba perfecta,
Solamente dos pañuelos cruzados semejaban una blusa conteniendo aquellos pechos que seguramente se me entregarían generosos esa tarde.
Al mediodía todo estuvo dispuesto y nuestro pequeño automóvil rodaba lentamente por el camino que orillaba el lago en busca del mejor lugar para quedarnos.
Al final lo encontramos. Ella descendió del automóvil para dar una mirada escrutadora y luego me hizo señas para indicarme que le había dado su aprobación. Entones comencé a bajar las cosas del auto sintiéndome como el maestro de ceremonias de un rito de iniciación que por supuesto me tenía muy anhelante.
El lugar era hermoso y entendía que ella lo hubiese elegido, parecía en realidad una especie de templo natural en el cual seguramente se sentiría la reina y sacerdotisa que voluntariamente entregaría su tesoro largamente guardado. Ese tesoro precioso que yo había reconocido en día anterior en toda su dimensión sin mancillarlo. Ese hermoso tesoro rosado, húmedo y brillante que sus piernas habían guardado en forma tan celosa y que en este mismo momento estaría palpitante en espera del momento supremo.
Ella extendió las hermosas toallas que el día anterior había comprado en la cuidad y junto a ellas puso dos copar mientras yo descorchaba una botella de vino. Únicamente se escuchaba el golpeteo suave de las pequeñas olas en la orilla. Corría una brisa suave.
Nos sentamos sobre la arena mirando hacia.................
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