sado: Los desahogos de mi vecina

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Enviado por webmaster el 07 Ene, 2005 - 06:25 AM

Preámbulos

De que mi vecina Angelines sentía placer cuando azotaba a los niños con una zapatilla, ya no había duda.

No estoy muy seguro de que su marido la maltratara, pero no se llevaba bien con él y después de cualquier discusión, buscaba la forma de provocar situaciones en las que los niños hicieran travesuras, para luego poder desahogarse con ellos, procurando estar
ella sola para no ser observada. De esa manera podía desarrollar sus instintos
y desviaciones sexuales, a costa de los más pequeños.

Hubo una temporada, a comienzos del verano, en la que mi madre debía
ausentarse dos veces en semana, para acudir al médico y recibir un tratamiento
especial para sus dolencias. Durante su ausencia, siempre nos dejó bajo
el cuidado de nuestra vecina, lo que ésta aceptaba de muy buen grado.

Mi vecina, según contaba ella, dedicaba su tiempo de ocio a realizar
trabajos manuales de macramé, pero necesitaba estar sola, sin que nadie
la molestara, motivo por el que muchas de aquellas tardes, enviaba a sus tres
hijos a nuestra casa, para que todos durmiéramos la siesta, juntos.
Puede que en un principio fuera así, aunque ya se sabe que si se tienta
al diablo... Como es de suponer, todos estábamos encantados por el hecho
de tener compañeros distintos de juego y a nadie se le escapa la idea
de que tantos niños juntos, solos en una casa, sin que alguien les contenga,
lo único que harán será divertirse ideando nuevas travesuras.
Y eso era lo que sucedía. De ahí mi duda ante los verdaderos
motivos que tenía mi vecina para juntarnos.

El tratamiento de mi madre sólo duró un mes, pero fue uno de
los más extrañamente deliciosos que recuerde. Dos veces por semana,
se me presentaba la oportunidad de ser testigo y receptor de alguna azotaina
con la zapatilla de mi vecina y el solo hecho de pensarlo, me excitaba. Su
técnica era siempre la misma, cuando se marchaba mi madre, ella se quedaba
un rato con nosotros, hasta que nos despojábamos de la ropa y nos metíamos
en la cama, en ropa interior. Una vez hecho esto, desde el umbral de la puerta
de la habitación, la señora Angelines, se quitaba una zapatilla
y con la suela de ésta hacia arriba, la blandía en el aire, haciendo
un gesto rotativo, amenazante, con la mano que la sostenía.

- ¿La veis? Ya sabéis la que os espera si no os dormís
enseguida ¿verdad?

- ¡Síii! -Contestábamos todos al unísono-.

- ¡Bueno! Pues si no queréis.................
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