Entra en la sala. Es una de esas diosas, una mujer imponente, alta, larga cabellera marrón, mirada altiva de rimel, labios prietos, piel suave, sin manchas. Un cortísimo vestido de cuero negro y finos tirantes hace fantasear sobre las curvas que cubre. Sus largos tacones resuenan en la sala.
Ahí está su chica, como si no la hubiera visto entrar... Su pequeña rubia de expresión curiosa y expectante, esperando, sentada en su taburete.
La diosa se acerca sin prisa, contoneando de ese modo tan famoso sus caderas, haciendo a su cautiva estremecerse con cada paso.
Ella se atreve a levantar la mirada. Sus ojos se cruzan y surgen las sonrisas, sin palabras.
La diosa observa a su presa. Eso es lo que es: su cautiva, su prisionera, para hacer con ella su voluntad. La ronda, camina en torno a ella para examinarla por todos lados. Ella, su rubita, baja la mirada con el aliento acelerado, tan sólo esperando a que ella haga. Por fin siente el aliento en su cuello, ese aire que sale caliente al roce de sus labios, que sale perfumado desde lo más profundo de su organismo. Sin más dilación, sin aviso, una lengua que le lame la mejilla la hace suspirar. Parece que no podrá aguantar este estado de espera mucho más tiempo, estos preámbulos. Sin embargo sabe muy bien que su ama se encargará de que así sea. No hay más remedio. Se extenderá y se extenderá sin fin, para tormento de su carne y su sed.
La punta de la lengua que lame su cachete, de arriba a abajo, la estilada mano que acaricia su cuello (los vellos que se ponen en guardia) para preferir luego deslizarse un poco más abajo, entre el escote de su camisa blanca. Los largos y fuertes dedos, la palma de la mano que cubre sin dudas su pecho, nota el contacto, incluso en los centímetros de piel que cubre la estúpida tela del sujetador... Y le quema, su boca suspira una vez más, en una súplica que queda a medio. El aliento y la lengua en su cara, quemando también.
Su diosa adora sus pechos. En sus manos intenta en vano abarcarlos, tan grandes son, ni con los dedos completamente abiertos, en abanico, los aprisiona una sola mano. Los sujeta ambos con cariño rudo, los comprime hacia su dueña, que gime.
Las yemas expertas de sus dedos deslizan hacia abajo la prisión de las copas del sujetador, liberando las aureolas. Son de esas aureolas enormes, dos amplísimas cumbres de la piel púrpura más suave, con dos escondites en el centro, de donde, a base de pellizcos pausados, surgen con miedo los regordetes pezones.
La diosa se sitúa frente a ella, se miran. Observa el rostro de su presa bajo las delicadas torturas que sus dedos le prodigan en los pezones. Cuando estos arden como lanzas, la suelta a su desdicha, boqueante. Se ríe de su anhelo, de.................
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