En alguna época pensé que las grandes cosas de la vida podían sucederme sin que las provocara. Entonces era más joven (¿o menos viejo?) e imaginaba que sería rico y famoso escribiendo para prestigiadas editoriales al tiempo que cultivaba el oficio de fotógrafo. Mis héroes entonces eran Cortazar, Donoso, Fuentes, Alvarez Bravo, Helmut, Hamilton, Angulo, Pomar y en la pura admiración de sus obras esperaba una recompensa, que en mi estado de paciente espera, sólo podría caer del cielo. Eran tiempos de cursos de esto y lo otro, de retroalimentarse con las opiniones e ideas de los demás.
Tomaba un curso de fotografía, al que asistía puntualmente todas las mañanas de cada sábado, en un viejo edificio de la Zona Rosa a escasas dos calles del Paseo de la Reforma.
Una de esas mañanas me encontraba tendido en un prado del Jardín del Arte de San Rafael, disfrutando el sol mientras meditaba sobre el maravilloso fenómeno de la luz. Pensaba que el mundo es físico gracias a ella, que los colores existen porque ella los contiene y que la luz está asociada a conceptos tan grandiosos como la vida ("..y dijo Dios, hágase la luz"), la divinidad (en todas las culturas la luz es creación de dioses) o su asociación con el conocimiento (luz del entendimiento, idea que ilumina, iluminismo como sinónimo de sabiduría). Recostado sobre el césped me sorprendieron unos pies huesudos que se descalzaron de unos zapatos bajos para sentir el frescor de la hierba. Seguí el perfil de aquellos pies juguetones y me encontré con unas piernas muy delgadas, unos muslos fuertes, delgaduchos pero bien formados, que se perdían bajo una minifalda blanca. Mi vista siguió ascendiendo hasta toparse con el gesto coqueto de Angélica, una compañera del curso de fotografía con la que ya había tenido conversación y un ligero escarceos erótico, una ocasión en que viajábamos con los cuerpos muy pegados dentro de un vagón del metro atestado de pasajeros.
Angélica se sentó a mi lado y dijo: -Luces muy a gusto aquí. ¿Estás listo para la clase?
-Sólo me faltabas tú -le respondí
Durante la clase, no dejamos de mirarnos y hacernos señas mientras el profesor insistía en una lección que había repetido incontables veces. Quise aprovechar esa situación para divertirme con mi compañera recurriendo al viejo recurso de los recados.
-¿Qué vas a hacer esta tarde? -le escribí en el primer papelito.
-Varias cosas. -me contestó de manera escueta.
-¿Hay lugar para una cosa más?
-Depende.
Por un momento pensé que no debía involucrarme con esta mujer que a veces parecía de hielo, pero decidí abandonarme al juego de la seducción, sólo porque Angélica realmente me gustaba, así que le escribí:
"Angélica, quiero pedirte que seas mi modelo. Deseo fotografiarte, registrar cada detalle de tu cara, cada línea de tu cuerpo. Necesito a una mujer como tú, decidida a sacudirse el yugo familiar, a hurgar en el mundo, a dejarse subyugar por el arte. Te lo pido en.................
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