Gay: El sabor de un hombre y un habano

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Enviado por webmaster el 03 Dic, 2004 - 04:16 PM

Yo era un chico de veinte años con la sexualidad por descubrir y muchas dudas que solventar. Hasta que apareció Julian, el mejor amigo de mi padre, y me descubrió que todo lo que yo quería era posible.
Lo único que salvaba aquel verano aburrido de hace dos años con asignaturas pendientes eran las dos semanas que mis padres iban a irse de viaje quedándome solo en casa. Yo tenía veinte años y muchas cosas por descubrir.

Yo no era un chico desagradable físicamente, pero mi timidez con las chicas estropeaba cualquier posible relación, incluso de amistad, que pudiera tener con ellas y eso me acarreaba muchas dudas. A la hora de pensar en el sexo con ellas, me ponía muy nervioso puesto que no sabía qué era lo que se esperaba exactamente de mí. Así que nunca lograba llegar al orgasmo a la hora de masturbarme porque la presión mental me bajaba la erección. Sin embargo, inconscientemente, en una de mis frustraciones al masturbarme pensé que con un hombre sería más fácil ya que sé qué es lo que le gusta porque lo mismo me gusta a mí. Ese pensamiento me excitó y me tranquilizó. Así que, con veinte años, tuve mi primera eyaculación. Pero tenía un problema. Lo hice pensando en mí mismo teniendo sexo con un hombre.

Las siguientes veces que me masturbé, por el mero hecho de alcanzar placer rápidamente, seguían siendo imaginándome hombres de mi entorno, aquello me parecía muy fácil y factible, mucho más que tirarme a una chica, que me parecía un mundo que jamás lograría entender, y lo que en un principio era algo pasajero, se convirtió en mi fantasía sexual.

Me veía teniendo sexo con hombres, es más, lo deseaba, lo necesitaba y me parecía muy fácil hacerlo. Sin embargo, no me veía enamorado de uno. Era sólo sexo, el amor lo dejaba en el campo de las chicas. Así que así estaba yo ese verano, hecho un lío sin saber qué me gustaba o qué quería. Por eso necesitaba aquellos días solos para pensar por mí mismo y decidir qué era lo que yo quería.

Sin embargo, mis planes se iban a truncar.

Unos días antes de que mis padres se fueran, recibimos una llamada telefónica. Era Julián, uno de los mejores amigos de mi padre que vivía en Estados Unidos y al que yo no veía desde que era pequeño. Venía a España en viaje de negocios y necesitaba alojarse en algún sitio. Por eso había pensado en mi casa. Por supuesto, su viaje eran exactamente las dos semanas que mis padres iban a estar fuera y mi padre le dijo que no había ningún problema, que yo me quedaba en casa y que podía hacer uso de ella el tiempo que quisiera. Es más, jocosamente le comentó que así se encargaría de que yo no hiciese locuras y que así me cuidaría. No sabía mi.................
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