Confecion: Las confesiones de un hombre que fue invisible II
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Enviado por webmaster el 04 Nov, 2004 - 03:31 PM
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Me soliviantó que hubiera detectado mi inexperencia hasta el punto de explicarme qué era el clítoris, pues la verdad siempre incomoda. En fin, separando los apretados labios de su vulva con los dedos metí mi lengua en su membranosa caverna como un intrépido espeleólogo y tanteé con la sin hueso en busca del apéndice en cuestión: un pene en miniatura. Una vez lo hube encontrado lo sacudí con la lengua como si fuera una campanilla que fuera a tintinear de un momento a otro. La maciza concubina, por su parte, parecía estar hiperventilándose con objeto de zambullirse en una piscina y aguantar un rato sumergida. Persistí con mayor rapidez y la aparente hiperventilación se tornó en unos gritos agudos y cortantes de soprano ajustando el tono de su voz. Percibí el gusto acre de sus jugos vaginales gracias a las papilas gustativas de mi lengua y noté como parte de su néctar se deslizaba por las comisuras de mis lascivos labios, con los que libaba con la desmedida ansiedad del que ve llegar el fin del mundo en la forma de un gigantesco asteroide.
Al rato me decidí a cambiar de pareja de baile y para ello me escabullí de sopetón (no me apeteció invertir más tiempo en la mujer cuadrada) y me puse a curiosear por todas las estancias de la planta en la que me hallaba hasta que descubrí un lujoso baño atestado de gente. Al principio, las piernas me flaqueaban a causa del desgaste al que me había sometido la culturista, sin embargo, no me concedí ni un breve descanso.
Me apeteció hacer de voyeur para ver en detalle en qué se entretenían concretamente los demás. En el interior de un burbujeante jacuzzi (ya sé que lo mío es fijación, pero el burbujeo me hizo evocar otra vez las calderas del infierno) había una pareja fornicando enérgicamente en horizontal. Uno de los componentes estaba obligado a sumergirse por completo en el agua, lo que le forzaba a aguantar la respiración. Se turnaban cada minuto alterando su postura, con el fin de que el de abajo pudiera tomar generosas bocanadas de aire en el momento en que no le correspondía estar inmerso en el medio líquido. Aprecié la desbordante originalidad de su cópula acuática y les habría concedido una medallita a cada uno si yo hubiera sido un juez y lo que se llevaban entre manos, un concurso.
Sentada sobre el lavabo había una meretriz negra (que sólo llevaba puestos unas medias blancas y unos zapatos de aguja) cuyo abultado culo ocupaba prácticamente toda la cavidad del lavabo. Las oscuras aureolas que rodeaban sus pezones eran aún más grandes que las de mi inolvidable Julia. Tenía el potorro bien depilado y unos senos desmadejados que temblaban con cada acometida del afortunado con quien se apareaba, que estaba de pie y exhibía un culo tan fofo como las inconsistentes glándulas mamarias de su accidental acompañante. Los juguetones dedos de la sensual mujer de color, que eran como las.................
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