Luego de la noche en que nos declaramos la mutua atracción y del excitante momento que compartimos en su automóvil, Sabrina llegaba con más frecuencia a mi oficina, con un par de visitas por día El exceso de trabajo no daba tregua para escaparnos a terminar lo acordado.
Pasaron cuatro días desde esa noche y un viernes Sabrina me llamó invitándome a almorzar juntos, so pretexto de ir a un vive fuera de la ciudad para unas entrevistas. Por esos días con mi esposa atravesábamos una crisis y ya sumábamos un par de semanas sin sexo.
Condujo alegramente hasta un restaurante fuera de la ciudad. Una conversación más larga de lo presupuestada hizo que nuestra romántica velada nos limitara el tiempo para buscar un motel donde consumar lo que habíamos dejado pendiente, lugares que quedaban al otro extremo de la ciudad, razón por la que regresamos por un camino alternativo, más bien desolado. Entre bromas, caricias y besos buscó un lugar a la orilla del camino para estacionar. Le reclamé el hacerlo cercano a unas casas donde merodeaban algunas personas. Descaradamente sonrío diciendo que ello la excitaba.
Un apasionado beso me convenció mientras masajeaba mi entrepierna.
- A ver, quiero ese caliente paquetón - reclamaba con tal desenfado mientras bajaba el cierre y hurgaba entre mi zunga.
- Hay gente mirando - le increpé, mientras la calentona hundía su cabeza decidida a lamer la tremenda erección que había provocado.
Aunque no soy un super dotado, la gran excitación que me causaba Sabrina, desplegaba mi miembro por sobre los 18 centímetros, con venas que casi reventaban por la inusual circulación sanguínea que llegaba hasta mi falo.
- Qué tremeno paquete tienes, y es todo mío - se jactaba mientras cubría el rojo brillante de mi glande.
Su lengua ágil circulaba deliciosamente, subiendo, bajando, mientras hacía vanos intentos por quitármela de mi entrepierna.
Sus labios chupaban exquisitamente la dureza ardiente de mi carne. Humedecía sabiamente, escupiendo la barra de carne que sostenía con su boca y sus manos. Apretaba y soltaba mi falo, y un deseo incontrolable de poseerla me enajenaba.
No podía, sin embargo, olvidarme que más de alguna mirada furtiva contemplaba el frenético acto que brindábamos desde el interior del automóvil.
Traté sin conseguirlo, acariciar ese tremendo par de tetas que asomaban en el generoso escote de su blusa, apenas rocé la firmeza de su piel. Sabrina, no estaba para eso. Sólo quería complacerme con su boca impúdica y sus hábiles manos.
- ¿Te gusta? me preguntó al tiempo que su mirada sensual realzaba su boca entreabierta.
- Dame tu semen en mi boca... pedía sin control.
- Aghhh... que riiiiicoooo. Susurré entre jadeos.
Alcancé a divisar entretanto un radiopatrulla que se acercaba raudamente en dirección contraria.
- Cuidado, vienen los pacos (así se le llama, despectivamente, a la policía en Chile) - le advertí a mi hembra. Se incorporó ágilmente. Yo me arreglé el pantalón desabrochado.
En esto, se detuvo el carro policial junto al Toyota de Sabrina.
- ¿Tiene problemas con el auto? - preguntó un suboficial.
- Ehhh, ninguno, sargento. Respondía nerviosamente.
- Se me cayeron los cigarrillos. Preferimos detener al auto. Mintió sin atisbo de pudor Sabrina.Con cara de no habernos creído se alejaron, dejando a su paso una estela de polvo y tierra.
- De la que nos salvamos... atiné a decir. Mientras el celular de Sabrina
anunciaba en la pantalla : "Casa llamando".Tuvimos que regresar rápidamente, postergando una vez más lo que teníamos pendiente.
- Ojalá la próxima nos resulte... me quejé entre risas.
- Ya tendrás lo que mereces. Prometíó mi caliente paisajista.
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