Esta no es una historia mía... como sabía la autora que me gustaban las historias... espero que os guste tanto como a mí.
Eran carnavales, ¡cuánto juego dan los carnavales! Ser quien no eres y esas cosas. Pero no se equivoquen, los dos protagonistas de esta historia eran quienes eran cuando hicieron lo que hicieron, y puedo asegurarles que sus disfraces no tuvieron que ver... más que en un pequeño detalle; una cuestión de tapas.... ¡Ah, cuánto, cuánto juego dan los carnavales!
Él llevaba un traje de Capitán Garfio, con unas mallas negras, unas botas, una casaca roja prestada y un sombrero de cartón. Una barba puntiaguda y un bigotito fino, además de una espada en el costado completaban el cuadro, que quedaba un poco desvirtuado porque el garfio había sido sustituido por un destornillador. Dejemos a un lado el cambio de identidad que debiera haber adoptado el pobre capitán y pasemos al disfraz de ella.
No era Gwendoline, como se podría esperar, ni tampoco una sirena. Iba vestida del hermanito pequeño, ¿cómo se llamaba?, ese que se pasa todo el cuento vestido con un pijama rojo de culo colgante y un osito en la mano. Un poco de maquillaje, una coleta, unos mocasines y el consiguiente oso y, colocada al lado del Capitán... Herramienta, no podía confundírsela con otro personaje.
Habían quedado con unos amigos y cogieron el metro para llegar al lugar. Entraron en el vagón riendo y bromeando, conscientes de las miradas que atraían. No estaba abarrotado pero ya algunas personas viajaban en pie sujetas a las barras, de manera que se quedaron apoyados contra la pared que separaba de la cabina del conductor.
No lo habían planeado pero la verdad era que resultaba genial ver al malvado Capitán Garfio besando dulce, que no castamente, al hermanito pequeño de Gwen, y a éste disfrutando ávidamente de tan antinaturales caricias. ¡Si Peter Pan bajara de la penúltima estrella a la derecha y los viera!, ¡polvos mágicos les iba a dar!
Pero, como ya advertí, esta historia no tiene nada que ver con los personajes que interpretaban; y además, eso hubiera sido de muy mal gusto. Lo que ocurrió fue que, a veces, las cosas no salen en el instante en que uno las ha planeado, los acontecimientos se precipitan y uno resulta atropellado por su propia fantasía.
Estaban abrazados, ella contra la pared. No hacían nada, simplemente se sostenían mutuamente, con las cabezas apoyadas en el hombro del otro. él paseaba sus manos tranquilamente por la cintura y la espalda de ella; de vez en cuando sus dedos pasaban por encima del tacto frío de un automático. El pijama que llevaba ella era un mono seguido, de los que les ponían antes a los niños, cuya trasera se desprende al soltar unos clips, para poder cambiar el pañal.
Apartó la cabeza para poder verla. Estaba muy graciosa y su sonrisa debió ser contagiosa porque ella se la devolvió. Había cierta picardía en el fondo de.................
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